El sombrero vueltiao se ve en todas partes. En los conciertos, en los partidos de la selección, en las fotos de los turistas que pasan por la costa. Es probablemente el objeto más colombiano que existe, y al mismo tiempo uno de los menos entendidos: casi nadie sabe que detrás de cada uno hay semanas de trabajo, una fibra que toca cocinar con naranja agria y limón, y una tradición indígena que viene de hace más de mil años.
Si está pensando en comprar uno, o si ya tiene el suyo y quiere entenderlo mejor, vale la pena conocer de dónde sale.
De dónde viene
El sombrero nace del pueblo zenú, que habitó la región que hoy comparten Córdoba y Sucre. Todavía hoy se teje en los mismos sitios: San Andrés, Tuchín, Carretos, Sampués, pueblos que quedan en lo que los zenúes llamaban Finzenú.
Durante mucho tiempo se le decía sombrero indiano, precisamente por ese origen. Y no siempre fue de dos colores: al principio se tejía todo en un tono blanco crema. El negro llegó después, y con el negro llegaron los dibujos que hoy lo hacen inconfundible.
Por qué se llama vueltiao
Esta es la parte que sorprende a casi todo el mundo. El nombre no tiene que ver con la forma del sombrero sino con cómo se arma: la trenza va dando vueltas en espiral, desde el centro de la copa hacia el borde del ala. De ahí sale lo de vueltiao, o de vueltas.
Y es una sola trenza, continua, que se va cosiendo sobre sí misma. Por eso en un sombrero bien hecho uno no encuentra uniones por ningún lado.
Qué son las 15, 19 y 21 vueltas
Cuando alguien le ofrece un sombrero de 19 vueltas no le está hablando de cuántas espirales tiene, sino de cuántas fibras lleva la trenza. Entre más fibras, más delgada cada una, más fino el tejido y más horas de trabajo.
El quinceano lleva quince pares de fibras, treinta en total, y se hace con fibra más gruesa. Es el grado más básico, aunque existe una versión mejorada que llaman quinceano cotejao o machihembriao. El de diecinueve lleva diecinueve fibras arriba y diecinueve abajo, treinta y ocho en total, y es el punto donde la mayoría de la gente encuentra el equilibrio entre calidad y precio. El de veintiuno, con cuarenta y dos fibras, es el más fino y el más costoso.
Va a encontrar quien le ofrezca sombreros de veintitrés o de veintisiete. Varios artesanos lo ponen en duda, y con un argumento sencillo: a esas alturas la fibra dejaría de ser fibra y sería prácticamente hilo. Para la tradición, el tejido más fino en caña flecha llega hasta el veintiuno.
La caña flecha no se teje así nomás
El sombrero se hace con la fibra de la hoja de la caña flecha, una planta de la región. Pero esa hoja hay que trabajarla antes. Primero se raspa para sacarle la fibra, luego se seca al sol, y después se cocina con caña agria, naranja agria y limón. Ahí se separan las fibras blancas de las oscuras, y las oscuras se tiñen con barro negro, con jagua, con hoyeto, con bija o con dividivi.
Solo esa preparación se lleva unos tres días contando el secado. Y apenas ahí empieza el tejido.
Las pintas cuentan el paisaje
Los dibujos geométricos del sombrero no son adorno al azar. Se llaman pintas, y cada tejedor las bautiza según lo que ve a su alrededor. Hay pintas que se llaman flor de azahares, ojos de Santa Lucía, pecho de tigrillo, huella del tigre.
Son rombos, triángulos, pirámides, cilindros. Dos sombreros del mismo número de vueltas pueden tener pintas completamente distintas, porque cada uno lleva el entorno de quien lo tejió.
Cómo saber si está bien hecho
Hay una prueba que usan los que saben: un sombrero fino se puede doblar y enrollar hasta dejarlo pequeño, y al soltarlo vuelve a su forma. Si queda arrugado o deformado, el tejido no es tan fino como le dijeron.
Y hay algo con lo que conviene tener cuidado: es común que vendan quinceanos haciéndolos pasar por diecinueve. Pregunte siempre cuántas vueltas tiene y cómprele a alguien que le responda sin titubear.
Lo que uno paga en realidad
Cuando compra un sombrero vueltiao no está comprando un recuerdo de Colombia. Está comprando semanas de trabajo de unas manos que aprendieron a tejer de sus padres, que a su vez aprendieron de los suyos, en una cadena que llega hasta los zenúes.
Visto así, el precio de un sombrero bien hecho no es caro. Es simplemente lo que vale el tiempo de una persona.
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